La innovación determina cada vez más el crecimiento sostenido de las empresas. Éstas
invierten en innovación porque la innovación representa la mejor oportunidad para
aumentar cuota de mercado, reducir costes de producción y por ende incrementar los
beneficios. Una encuesta realizada en 1999 en 12 países europeos mostró que más del
30% de las ventas de los fabricantes europeos corresponde a nuevos productos, o a
significativas mejoras introducidas en los mismos.
La cada vez más fuerte competencia determinada por la globalización de los mercados y las
reformas en las regulaciones de muchos sectores está induciendo a innovar a las empresas
cada día de modo más rápido y más eficiente. A su vez, la competencia genera un estilo de
innovación más orientado hacia la demanda, integrando mejor el esfuerzo de I+D y la
estrategia del negocio.
En el movimiento hacia las nuevas formas de competencia las sociedades avanzadas
invierten cada día más recursos en la generación de conocimiento. Así, en la última década
el crecimiento de las inversiones en educación, software e I+D ha sido particularmente
acelerado en los países nórdicos, en Japón y en los EE.UU., observándose el rápido
desarrollo de sectores como la biotecnología y las TIC (tecnologías de la información y las
comunicaciones).
Adicionalmente, el sector servicios representa también una importante fuente de
innovación, en la medida en que se encuentra cada vez más comprometido en procesos
innovadores, si bien dentro del sector servicios existen unos subsectores más dinámicos que otros. Por ejemplo, el sector financiero y el sector de servicios a empresas se cuentan
entre los que recientemente más invierten en TIC.
Resulta patente que detrás de las diferencias de crecimiento económico entre distintos
países se encuentra la medida de cómo se han adaptado al cambio de los procesos de
innovación las empresas, las instituciones científicas y los propios gobiernos.
En la década de los 90’ han aumentado las diferencias en el crecimiento económico de los
países de la OCDE, mereciendo una especial atención por su mejor rendimiento económico
los Estados Unidos, Finlandia, Irlanda, Australia, Dinamarca y Noruega, países que se han
caracterizado por un mejor aprovechamiento de los factores determinantes de la innovación
y el cambio tecnológico, y singularmente del desarrollo de las TIC, que ha demostrado
poseer un fuerte impacto en la productividad, particularmente cuando este desarrollo ha
venido acompañado de un cambio organizativo equivalente y una mejor capacitación de los
recursos humanos.
En grandes economías que disponen de inmensas capacidades de inversión y numerosos
recursos humanos se observa que aquellas que logran mayores niveles de renta y de
productividad tienden a ser intensivas en el uso del conocimiento y la tecnología, siendo sus
outputs más característicos los productos de alta tecnología y los servicios de alto valor
añadido típicamente innovadores. La inversión en intangibles relacionados con el capital
humano, el cambio organizativo la promoción de la innovación y el desarrollo de software se
convierten en aspectos claves del crecimiento económico.
Por su parte, en pequeñas economías, la asimilación de conocimiento y tecnología
procedente del exterior constituye frecuentemente la forma más adecuada para la mejora de
la productividad y el estímulo del crecimiento económico. Sin embargo, incluso en estos
casos, es crucial desarrollar las propias capacidades internas de capacitación del capital
humano y de desarrollo de la I+D como medio imprescindible para aprovechar de forma
óptima el flujo de conocimiento y tecnología procedente del exterior, embebido en la
adquisición de maquinaria o a través de otras formas de asimilación tecnológica.

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